¿QUÉ NOS ESPERA? Por Fernando Tuesta Soldevilla

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    El escenario más probable. Si gana Roberto Sánchez, será el éxito de una estrategia personal y de un pragmatismo sin límite. Hay tantas caras como sombras. Por eso tendrá que arreglar pendientes dentro y fuera de casa, señala el analista y exjefe de la ONPE.

    Nuevamente, no sabemos quién presidirá el país. La incertidumbre se repite y la tensión crece. Es la tercera elección presidencial consecutiva con resultados ajustados. El peor escenario. Ha sido, además, la elección de más baja intensidad que se recuerda, pese al alto número de partidos y candidatos. Pero esto no es fortuito: es consecuencia de quienes ostentaron el poder en el gobierno y en Congreso. Fueron incapaces de combinar oposición con colaboración, y prefirieron la obstrucción y el negociado. En todo caso, se abren dos escenarios.

    El escenario más probable. Si gana Roberto Sánchez, será el éxito de una estrategia personal y de un pragmatismo sin límite. Hay tantas caras como sombras. Por eso tendrá que arreglar pendientes dentro y fuera de casa. Juntos por el Perú, más que un partido -carece de aparato organizativo-, es un encuentro con facciones del castillismo, el antaurismo y aliados recientes. Ha dado espacio a todos según los necesitaba, pero en el gobierno deberá compatibilizar el equilibrio económico, el indulto a Pedro Castillo, al que más debe, y cómo contener a Antauro Humala, que no callará nada.

    La unidad de la izquierda siempre ha sido una quimera y esta vez no parece distinto. Al frente tendrá a una oposición obstruccionista. Para sobrevivir necesitará una coalición con Ahora Nación, Obras y evitar que el Partido del Buen Gobierno se sume a la oposición. Si reivindica al castillismo, pagará un costo alto: ese gobierno terminó ensuciado por clientelismo y corrupción. Si no gana, su bancada puede dividirse y él, sin haber ganado un escaño como diputado, perderá protagonismo.

    El escenario menos probable. Si gana Keiko Fujimori, será producto de la perseverancia, de crear una organización partidaria que su padre no quiso y de aprovechar el fraccionamiento: mucho en escaños con poco en votos. Su llegada al gobierno completaría el poder que el fujimorismo ha construido desde el Congreso, donde se convirtió en la única fuerza política permanente del siglo. Con el apoyo de Renovación Popular tendría relaciones fluidas con el Parlamento. Pero esas condiciones favorables traen retos.

    El mayor es el embalse de promesas acumuladas en cuatro campañas, con intereses que representar y saldar. Compatibilizar crecimiento económico, orden público y respeto a instituciones y derechos humanos -su mayor déficit- puede ser la cuadratura del círculo. Si no cumple pronto, la calle se moverá, el antifujimorismo reaparecerá y su socio conservador cobrará caro. Difícil que pueda quedarse más allá del quinquenio: cambiar la Constitución sería casi imposible sin un apoyo social como el que tuvo su padre y del que ella carece. Si no gana, el fujimorismo, con la mayoría relativa en el parlamento, seguirá vigente.

    Es decir, los candidatos que sumaron 29% en primera vuelta, verdadero apoyo, tendrán tareas duras en un entorno de desesperanza y desconfianza. Gane quien gane, la democracia podrá sobrevivir, pero más pálida.